viernes, 28 de marzo de 2008

Paseo en bicicleta

El domingo salí a pasear en bicicleta con mi padre y mis hermanos. Nos despertamos muy temprano... mi padre nos despertó muy temprano y nos costó desperezarnos. Mi hermano tenía mucho sueño, el pobre sólo tiene 7 años y se quedó como un tonto mirando como mi padre metía las rebanadas de pan, la mermelada, la mantequilla y la leche con colacao en una mochila. En realidad yo también tenía mucho sueño, aunque tenga 10 años, pero no sé si me quedé como un tonto mirando, porque no me veo.
Con el ruido que armó mi padre, despertó a mi hermana y la convenció para que se viniese con nosotros. Tiene 8 años y siempre está llorando. Es un fastidio, porque entonces mi padre sólo le hace caso a ella.
Mi padre dice que vivir en el extraradio es una suerte, porque en dos pedaladas estás en el campo y nosotros vivimos en el extraradio de Móstoles ¡Tenemos mucha suerte!.
Nos montamos en las bicis y mi padre nos puso en fila india. Él se iba el último y yo, como soy el mayor, el primero. Subimos por la calle Carlos V, hasta el colegio que está al final y desde allí cogimos el camino que va hacia Fuenlabrada por el campo. Aunque mi padre dice; que todo ese campo, no es campo, si no solar y creo que es porque hay unas montañas con ladrillos partidos y tuberías enterradas, con unos techos grises rotos, rocas de cemento y entre todo, latas de aceites de los coches.
Cuando pasamos las montañas, el camino se hace cuesta abajo. Es donde mi hermano siempre me adelanta y empieza a ir muy rápido. Tiene el cuerpo pequeñito, pero la cabeza muy grande y como le debe pesar tanto, coge mucha velocidad. Mi padre también me adelantó corriendo detrás de mi hermano y gritándole; “¡Alberto, no corras tantooo! ¡Alberto para que te la vas a daaaar!”.
Por dentro, a mi me da envidia mi hermano y me gustaría ir tan rápido como él, pero tengo miedo y aprieto el freno.
Mi hermana empezó a llorar y a llamar a mi padre, pero estaba lejos persiguiendo a mi hermano, que iba lanzado como un cohete, tan rápido que perdió el control, estrellándose contra una alambrada de una granja de ovejas. Mi hermano lloró, e hizo coro con mi hermana, que también lloraba y mi padre era el director que les reñía. Yo también quería llorar, pero tengo 10 años y mis amigos llaman marica a los que lloran, por lo que me aguanté.
Mi padre le puso un pañuelo atado a mi hermano en la rodilla que se había arañado contra el suelo. Tenía los rombos de la valla marcados en la cara, pero yo sabía que el próximo día que pasásemos por allí, iba a hacer lo mismo y creo que mi padre también lo sabía, aunque le había reñido y seguro que mi hermano estaba deseando pasar. Es posible que no pueda parar debido a su cabezota.
Seguimos dirección Fuenlabrada. Poco después de la granja, tenemos que atravesar un río por un puente de cemento. Yo le llamo “Amazonas”, pero en realidad no sé cómo se llama, sólo que es negro y que huele muy mal. No tiene rocas, si no ruedas de tractor, ni ranas, se las habrán comido las ratas, y no sé si habrá peces, porque el agua no te deja ver, pero allí nadie pesca, ni se bañan, sólo tiran cosas.
Cruzamos el río y desayunamos un poco más adelante, en el único sitio donde hay algunos árboles. Nos bebimos el colacao y nos comimos el pan con mantequilla y mermelada sobre un mantel de cuadros. A mi me saben más ricas que cuando nos la comemos en casa.
Cuando terminamos, mi padre se puso a leer el periódico y yo me fui con mis hermanos a explorar los alrededores del río. Mi padre no nos deja acercarnos, porque dice que si nos cayésemos al agua, moriríamos envenenados, pero buscamos por los alrededores el monstruo culpable de que el agua del río esté negra. Hace tiempo que engaño a mis hermanos con esa historia, pero ellos siguen creyéndosela, aunque alguna vez he visto moverse algo entre los matorrales.
Cuando mi padre terminó el periódico, nos llamó para regresar. Volvimos a cruzar el “Amazonas”, la granja donde siempre se estrella mi hermano y el camino que va hacia arriba cuando regresamos. Siempre hacemos una carrera y la meta son las montañas de ladrillos partidos. Yo pedaleé todo lo rápido que pude, mi hermana lloró, porque la dejamos atrás, mi hermano no me pudo alcanzar y mi padre intentó adelantarme, pero yo fui más rápido y gané, siempre gano. Menos mal que el camino es hacia arriba, si fuera hacia abajo me ganaría mi hermano, a mi me da miedo y aprieto el freno.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Cuestión de cojones

A los treinta, todos los amigos de Tomás Céspedes se habían echado novia, y decidió que no era un mal momento para volver a los ruedos. Total, la otra opción era opositar.
En realidad Tomás no se hizo torero por vocación, sino por cojones. Ser hijo de Cipriano Céspedes Bienvenida, el gran matador, nunca fue fácil, y desde que éste empezó aleccionar a su hijo en el mundo toro, le enseño que allí las cosas funcionaban con un buen par. Tomás aún recuerda cuando teniendo doce años pusieron codornices escabechadas por primera vez en su casa, y al servirle en el plato no pudo retener la curiosidad y los preguntas empezaron a inundar su cabeza. Siempre le solía ocurrir delante de un saltamontes, de una lagartija, de cualquier bicho o cosa que le llamase la atención; le daba por pensar que una cucaracha había estado en la cocina de su casa y en la de Sartre o Camus, la arquitectura de un hormiguero era tan similar como una ciudad, y cómo un cerdo podía ser tan parecido a un hombre menos en un gen, y ese gen en algunas personas ¿Lo tendrían más o menos parecido? En fin, todo eran preguntas para la cabeza inquieta de Tomás Céspedes. Y ante la codorniz recién servida, los interrogantes fluían mientras le daba vueltas y le estiraba de un ala o del muslo, hasta que conseguía sacar de quicio a su padre:
- ¡Te quieres comer la puñetera codorniz!.
- Me da pena el pajarito.
La codorniz se levantó unos centímetros del plato cuando su padre pegó una ostia sobre la mesa.
- ¡Este niño es marica! ¡Pues por mis cojones que te vas a comer tres!
Tomás Céspedes estuvo repitiendo escabeche varias horas, pero lo peor era la evidencia de que era más fácil estar en contra de uno mismo que de su padre. Iba a ser torero por cojones.
Ser algo sin vocación es cuestión de entrenamiento y sacrificio, y cuando la amenaza de una colleja es constante, uno se esfuerza más. La dificultad está en reprimir los verdaderos deseos y Tomás Céspedes intento ocultar a su padre todas las preguntas que se hacía a diario y que le iban convirtiendo sin querer en una imagen bastante alejada de la que su padre deseaba. Cómo podía tener un hijo tan imbécil se preguntaba a diario Cipriano, y Tomás, ante la mirada inquisitiva de su padre, se sentía cada día más imbécil. Tan sólo conseguía huir de su vigilancia cuando acompañaba a las reses a la pradera. Y de prolongar esas fugas, y de tanto observar el ganado y su comportamiento, de tanta curiosidad e información que adquirió, consiguió desarrollar una teoría sobre herbívoros prehistóricos que le sorprendió a si mismo y que llamó: “Micología, la extinción de los dinosaurios”. Su entusiasmo por aquel descubrimiento no pudo evitar mostrársela a su familia una tarde de otoño, con ilustraciones en Power Point incluidas. Años más tarde, un científico ganó el príncipe de Asturias con una teoría muy similar. La diferencia es que aquel científico la expuso en un foro de paleontólogos celebrado en Barcelona y Tomás Céspedes en el cortijo “la serranilla”. Aquella exposición le costó a Tomás la exclamación ¡¡¡Definitivamente es gilipollas!!! por parte de su padre y el silencio del resto de la familia, dando como válida la exclamación del padre.
La familia de Tomás aceptó que era un imbécil integral, permitiendo que siguiese con sus absurdos estudios naturales, mientras no abandonase sus
obligaciones con la tauromaquia. Tras unos cuanto ensayos más de sus observaciones naturales como: “La agorafobia del topo”, “Las hormigas y sus xenofobias” y “El caracol, un excéntrico” pasó su tiempo como novillero casi sin pena ni gloria y llegó día de la alternativa de Tomas Céspedes. El día por el que Cipriano Céspedes tanto había luchado, resultó ser su gran trauma. Tomás, para sorpresa de todos, cortó cuatro orejas saliendo por la puerta grande de la Maestranza y en varias informaciones taurinas apareció como la renovación generacional que hacía tanto tiempo necesitaba el mundo del toro.
Aprovechando la depresión en la que cayó Cipriano Céspedes, Tomás dejó los toros al año siguiente de su alternativa y se puso a estudiar magisterio, su gran anhelo.

martes, 11 de marzo de 2008

El Ojo Vago

Hoy nos gustaría hablar un poco de nosotros, pero no lo vamos a hacer de todos a la vez, si no de una parte, concretamente de nuestro ojo, y para ser más exactos, del izquierdo.
El ojo, y especialmente el izquierdo, tiene la manía de mirar y la costumbre de ver lo que mira, lo que ocurre es que alguna vez lo hace de una forma impertinente, sobretodo con el culo de las mujeres, por otro lado, una afición que no hemos sabido o querido corregir.
De joven le dijeron que era un ojo vago, y le pusieron un parche, pero no pudieron evitar que esta enfermedad se extendiera al resto del cuerpo. Es donde empezaron los problemas, porque esta pereza extendida desde el ojo izquierdo al cuerpo, se confundió con estupidez y todos los cuerpos que rodeaban al nuestro, empezaron a marginarnos. El ojo izquierdo, cargado de un gran complejo de culpa, desarrolló un tic nervioso que al resto del cuerpo nos pareció gracioso y hasta con cierto ritmillo, algunas zonas de la cara y del cuello incluso se acoplaron a ese movimiento, y hasta la voz se animó con una tartaja. Pero ésto, que a nosotros nos parecía simpático, en el exterior generaba nerviosismo y rara vez nos daban conversación, cada vez nos encontrábamos más aislados. Es cuando el ojo izquierdo se dedicó a explorar con gran avidez el mundo exterior, mientras que el resto del cuerpo éramos cada vez más ajenos a él. Fue testigo de las enormes peleas de nuestros padres, mientras el ojo derecho no podía ni mirar, es demasiado sensible. Creemos que es por esto, por la mala relación de nuestros padres, por lo que sufrimos este enorme estrabismo.
- ¡Me voy a matar un día de estos. Ya verás! – Le decía nuestra madre a nuestro padre.
- ¿Por qué no te matas el viernes que está aquí tu madre y que se ocupe ella del tonto éste?
- No puedo pedirle eso a mi madre.
A través del ojo izquierdo supimos que íbamos a ser desdichados toda vida, por lo que el resto del cuerpo nos preparamos a hacer frente a la situación. No crecimos demasiado como ahorro energético, tampoco cultivamos demasiado el intelecto, ya que al fin y al cabo no lo íbamos a utilizar, nos habíamos acostumbrado a una vida un tanto sombría. Paseos, ir al cine, leer, visitar museos, todos esos sitios llenos de gente sombría como nosotros.
En fin, todo se desarrollaba con la tristeza a la que estamos acostumbrados. Pero ayer, justo antes de dormirnos, mientras veíamos “El marido de la peluquera”, una película que nos gusta mucho a todos, nos asomamos al ojo izquierdo, y descubrimos para nuestra sorpresa, que no éramos del todo desdichados, incluso, si lo pensábamos un poco creo que éramos hasta felices. No sé, todo es un poco lío y estamos confundidos, no lo esperábamos, tal vez sea por escribir tonterías.

jueves, 6 de marzo de 2008

Delirios de un saltamontes

Desiertos
de días
que se
escurren
entre
los dedos,
hasta
el enredo
furtivo
de la fortuna
y seguir vivo,
y querer,
y poder,
y perderse
en los placeres
del deseo
que resbala
a una nueva
vida,
esa que empieza
sobre
escombros
de otra que hizo
lo que fuimos.
Desde lo que fui
a lo que soy;
seré,
si tú quieres,
el esqueleto
de tu almohada,
una sábana
,dermis
o epidermis
de tu cama,
o si acaso
un cactus
con idiosincrasia
de espantapájaros,
espantapenas
en tu terraza,
terraza
de girasoles
y giralunas,
de saltamontes
amantes
de mantis
y libélulas.
Y no,
no lo digo
porque sí,
lo digo
porque no
Y sí,
no dejes
de mirarme así.
Y sino,
Volveré
A mi siesta mineral
De piedra
Que empolla
Gusanos
Y humedad.

martes, 4 de marzo de 2008

Vivir Intensamente Según Millas

Uno de los mitos más dañinos es el de "vivir intensamente". Por vivir intensamente suele entenderse pasar mucho tiempo en la calle e ir de un lado a otro bebiendo o haciendo cosas que dan ardor de estómago. Yo también fui victima de la necesidad de vivir intensamente. "Vive deprisa, muere joven y haz un cadáver bonito", rezaba un eslogan. El problema es que vivir deprisa no garantiza morirse antes. La mayoría de la gente que vivía deprisa continúa viva, pero con úlcera de estómago o piedras en el riñón. Además no quieren ni oír hablar de la muerte. Vivir intensamente no significa nada. En todo caso no significa, como creen algunos, tomar muchos aviones. Durante una época me bajaba de un avión y me subía en otro y era la vida menos intensa que cabía imaginar. La intensidad llegaba cuando menos la esperabas y en los lugares más sorprendentes. Un día bajando las escaleras de la UJI me crucé con un individuo cuya mirada no he logrado olvidar. Se detuvo delante de mí y estuvo unos segundos observándome. Aquello fue muy intenso, aunque no sé por qué.
Los sucesos más importantes de la vida son absurdos. El sentido es un adminúsculo digno de un "todo a cien". Las personas que presumiblemente han vivido de forma intensa te cuentan sus correrías a modo de historia. Quiere decirse que han necesitado hacer una reconstrucción que dota de coherencia a lo incoherente. Las mejores conquistas sexuales, por citar un campo que todo el mundo suele considerar excitante, son siempre casuales. Es el recuerdo lo que lo convierte en una novela. Los profesores aseguran que los jóvenes no comprenden los procesos históricos, pero quién los comprende. La historia de la humanidad no tiene ni pies ni cabeza, de modo que lo raro es comprenderlos.
Escribimos y leemos novelas porque nos vuelve locos aquello de lo que carecemos: el sentido. La vida es lo contrario de una novela: le sobran casi todas las páginas y si hay alguna imprescindible no sabemos cuál es. Aceptar la falta de sentido: eso es vivir intensamente.